Las horas que un católico dedica a la televisión deben ser mínimas. No debe entenderse que la televisión es algo malo que hay que desterrar, pues como todo, bien utilizada es algo muy bueno. La pregunta que debemos hacernos es si realmente usamos bien el televisor, para ello podemos respondernos con sinceridad a preguntas más concretas: ¿soy mejor después de haber visto este rato la tele?, ¿estoy mejor formado?, ¿he perdido el tiempo?, ¿he desatendido alguna tarea por dedicarme a la tele?, ¿he tenido alguna mala inclinación con tal programa, de la índole que sea?

 

El que pone en práctica la Doctrina Católica encontrará muy poco rato para sentarse ante el televisor, ya que no hay tiempo suficiente en el día para abarcar todas las tares a las que debe dedicarse: oración, formación, atención al prójimo, a la familia... En muchas ocasiones, por ejemplo, los momentos en los que estamos viendo la televisión podrían ser momentos para hablar con un amigo al que le falta la fe; con un amigo desanimado que necesita consuelo o con un familiar al que vemos muy de vez en cuando.

 

La programación que ofrecen las televisiones suelen ser estar vacías, sin contenidos importantes o interesantes. A menudo se nos muestra la vida de un famoso o una noticia ridícula o incluso los métodos con los que una serie de personas aprenden a cocinar. Si bien algunos programas pueden ayudarnos a descansar, a entretenernos o a relajarnos, debemos siempre tener en cuenta el tiempo que les dedicamos.

 

La programación televisiva atenta frecuentemente contra los principios básicos de la Fe Católica. Incluso en programas infantiles se nos muestran situaciones como dos personajes del mismo sexo casándose.

 

Terminando esta sección, sería grave o al menos contradictorio, indicar que no tenemos tiempo para rezar y sin embargo sí lo tenemos para ver la televisión. También podemos engañarnos a nosotros mismos diciéndonos que no podemos ayudar económicamente a tal o cual organización y simultáneamente hacer un pedido después de ver un anuncio en televisión de un producto que no nos es necesario. Y también sería paradójico tratar de utilizar con nuestros interlocutores un vocabulario compatible con el catolicismo y escuchar en muchos programas blasfemias y expresiones que atentan contra el segundo mandamiento. Estos y otros muchos ejemplos más pueden hacer que nuestra práctica católica sea contradictoria y/o incompatible con la TV.

 

 Un propósito práctico: cada semana cambiaré una serie de tv por un rato de lectura espiritual

 

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