En nuestra vida como católicos el sacrificio tiene que estar constantemente presente. Debemos vivir con espíritu de mortificación. Muchas veces no nos será necesario buscar sacrificios para hacer, porque la misma vida nos pondrá en el camino contrariedades, enfermedades, incomodidades, dolores, pérdida de seres queridos y allí se notará nuestra puesta en práctica de la Doctrina: serenidad, aceptación... Todas estas vivencias bien llevadas podrán ser un continuo sacrificio, un Vía Crucis personal. Las mismas acciones de levantarnos por la mañana con puntualidad (sin pereza) o con alegría (sin mal humor) serán pequeñas mortificaciones que no podemos dejar escapar.
Cuando no tengas fuerzas para enfrentarte a estas molestias que se nos ofrecen diariamente piensa en Cristo; recuérdale clavado en la Cruz, y piensa si nuestros dolores están a la altura de los suyos. Llénate de fortaleza pensando que la vida terrena es breve y sin embargo el premio después de la muerte es inmenso.
En muchas ocasiones se tacha la vida de sacrificio de absurda y anticuada. Hay muchas justificaciones para llevar una vida de sacrificio. Mostraré una de ellas con un ejemplo. Un gimnasta que pretende participar en un campeonato mundial se entrena durante semanas, meses, años; dedica muchas horas diarias e realizar una y otra vez los mismos ejercicios. Visto desde fuera podríamos decir a este gimnasta que está perdiendo el tiempo en realizar unos ejercicios que día a día queda claro que realiza con perfección. Sin embargo el gimnasta, consciente de la labor que debe realizar, conoce las pequeñas o insignificantes erratas que comete y por otro lado, sabe que si está realizando bien los ejercicios es justamente por esa labor diaria. Si dejara algún tiempo sin entrenar, se resentiría cuando retomara nuevamente los ejercicios. Esto es justamente lo que puede ocurrir a un católico en el ámbito del sacrificio diario. ¿Cómo aceptará un católico las pequeñas contrariedades de la vida si no está entrenado para afrontarlas? Una vida de continuo sacrificio es una vida de entrenamiento que nos prepara para afrontar con firmeza los sufrimientos que se nos presentan en este mundo.
Para terminar, meditemos esta frase de un conocido Santo: El amor es sacrificio; y el sacrificio, por amor, goce.
Un propósito práctico: cada día me privaré en la comida de algún sabroso bocado