Sabemos que orar es hablar con Dios. Durante el día hablamos con muchas personas, especialmente con aquellas a las que queremos: Hijo, ¿qué tal te ha ido en la escuela?. También hablamos con aquellas de las que necesitamos algo: Rafa, necesito que me hagas un favor... Algunas veces nos dirigimos incluso a personas desconocidas: Por favor, ¿me puede decir la hora?.
Los anteriores son ejemplos muy típicos en los que se muestra claramente que nos relacionamos con los demás hablando. Si queremos a Dios, se le necesitamos, si queremos preguntarle cosas, ¿cómo no nos vamos a dirigir a Él en un diálogo íntimo? ¿de tú a tú?. En las Sagradas Escrituras, y en repetidas ocasiones, se nos presenta a Cristo retirándose a orar. También le vemos indicándonos que recemos: pedid y se os dará. Y otra cita realmente interesante y digna de ser meditada en profundidad: hay demonios que sólo se van con la oración y el ayuno.
Podemos rezar en cualquier momento del día, pero tradicionalmente se nos indican o recomiendan momentos concretos: al levantarnos, al acostarnos (incluyendo un breve examen de conciencia...), al comenzar la comida (bendición de la mesa), al comenzar una tarea importante...
La forma de hacer oración ha quedado reflejada en escritos de Santos ilustres como los de San Agustín o Santa Teresa. Aunque, por supuesto, puedes hablar con Dios utilizando las palabras que quieras, existen muchos y muy buenos libros repletos de oraciones, y también muchos sitios en Internet donde encontrar desde las oraciones más tradicionales hasta las más particulares. Sin moverte del sitio puedes visitar una página con devocionarios o una página con oraciones.
Un propósito práctico: cada día buscaré un momento tranquilo para hablar con Dios