La asistencia a la Santa Misa puede tratarse desde dos puntos de vista. En primer lugar debemos analizar la actitud que un católico debe tener en la Misa y en segundo lugar debemos analizar con qué frecuencia asistimos a Ella.
Observo con pena que la asistencia de muchos católicos a la misa es un imposición incómoda. Esto queda reflejado cuando tratamos de asistir a una misa en una hora en la que sabemos que va a durar poco tiempo; en abandonar la iglesia rápidamente cuando el sacerdote nos indica que podemos ir en paz; en llegar tarde y encontrarnos al sacerdote ya en el altar... Nuestra práctica de la Doctrina tiene que ser exigente en este sentido. Si no hay causa grave, no hay motivo para llegar tarde a la Celebración en un día pensado precisamente para ella; por lo mismo no habrá prisa por salir a la calle. Y desde luego, nuestra actitud durante la misma será de silencio total y distracción nula. En la práctica, podemos buscar los bancos de la iglesia más cercanos al altar, para ayudarnos en esta concentración y no distraernos con los fieles que llegan más tarde. Además, esperaremos al celebrante en silencio, realizando oraciones, ofreciendo la Misa por alguna intención particular, etc.
Un verdadero católico asistirá a Misa no solo los domingos, sino otros días. Nuestro catolicismo no debe resumirse en cumplir unos mínimos, debe dar más, mucho más. No podemos conformarnos con la Misa dominical. Si amamos la Comunión, por ejemplo, no podremos esperar al próximo domingo para volver a recibir a Jesús, trataremos de volver a Misa tan pronto como nuestras obligaciones nos lo permitan.
Un propósito práctico: durante la misa no estaré constantemente al tanto de quién entra por la puerta