Sobre la alegría hay ya mucho escrito. Me limitaré a resumir las ideas principales al respecto. En todo momento el católico que pone en práctica la Doctrina debe estar alegre. Sabe que Dios murió y se entregó por él. Sabe que aunque sufra padecimientos, estos deben llevarse con alegría pues la alegría es perfectamente compatible con el dolor. Los grandes santos han sabido reflejar siempre una gran alegría incluso en sus últimos padecimientos. Aunque externamente no pudiera manifestarse, la alegría equivale a una felicidad interior, a un gozo interior que tiene un origen espiritual que muy probablemente se manifestará en el exterior de la persona.

 

Es importante mantener esa felicidad interior aunque llegue la Cruz, pues cada uno debe cargar con la suya sin buscar una alegría puramente humana, llena de comodidades, bienes materiales y salud corporal. Es realmente cierto que la alegría está muy cerca de la Cruz y que incluso sin Ella no podremos ser felices. La alegría verdadera no depende del bienestar material, de no padecer necesidad, de la ausencia de dificultades o de tener buena salud.

 

Debemos fomentar siempre la alegría, que es un estímulo para los demás, una ayuda para realizar nuestros quehaceres y rechazar la tristeza, que deja el alma a merced de muchas tentaciones. Nuestro Dios nos recuerda este imperativo de estar alegres en las Sagradas Escrituras: Alegraos, no perdáis jamás la paz y la alegría; servid al Señor con alegría; en otro lugar: Alegraos siempre en el Señor, otra vez os digo: alegraos; o también: Dios ama al que da con alegría; y por último: estoy lleno de consuelo, reboso de gozo en todas nuestras tribulaciones.

 

Por otro lado, el estar alegres es una forma de agradecer a Dios absolutamente todo lo que nos da, lo que hace por nosotros, el empeño que pone en cuidarnos. Dios no debe vernos tristes, al igual que los padres, los amigos, los que se quieren, no desean ver tristes a sus hijos, a sus amigos o a aquellos a los que se ama.

 

 Un propósito práctico: cuando lleguen momentos de tristeza, siéntete amado por Dios y rectifica tu estado de ánimo

 

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